La tribu anda revuelta. Justo cuando ya muchos habían desistido de intentar encontrarle el sentido a las siglas BDSM, nuevas oleadas de invasores penetran en los territorios de las Gentes del Látigo. Unos llegan cargados con sus enseres dispuestos a acampar, proclamando su pertenencia a la tribu y reclamando su derecho a ello. Son gentes de otras tribus, que han observado que nuestros pastos alimentan a gran variedad de animales salvajes y creen que pastar en ellos revitalizará sus escuálidos rebaños. Al principio eran bien recibidos por no pertenecer del todo a las Gentes de la Vainilla y parecer merecedores de nuestra hospitalidad. Algunos han llegado incluso a habitar entre nosotros como respetados miembros de nuestra Comunidad, aceptando nuestro modo de vida, pero cada vez llegan más, y muchos de los que llegan traen grandes rollos de alambre de espino con los que levantan cercados para, según ellos, protegerse de las bestias que pueblan nuestros campos. Al mismo tiempo, llegan rumores preocupantes de que desde el Gobierno Vainilla se dictan leyes que en el nombre del Bien Absoluto atentan contra nuestras libertades fundamentales, y que amenazan nuestros rituales ancestrales mientras fracasan estrepitosamente en sus propósitos declarados.
Otros vienen, más o menos ajenos a nuestra cultura y tradiciones, con sus cámaras, sus modelos y sus carísimas ropas de vinilo y metal, de cuero y de látex, a disfrazarse para sofisticadas sesiones de fotografía fetichista ante las miradas atónitas, indignadas o envidiosas de los indígenas. Contamos también con la visita de aficionados a las llamadas Ciencias Sociales, que creen pasar desapercibidos y proclaman su profundo respeto hacia nuestras rarezas mientras difunden como axiomas rigurosamente científicos opiniones con las que confirmar sus prejuicios morales, sexuales o políticos. A veces llegan incluso misioneras que fingen sentir simpatía por nuestra barbarie mientras intentan convencer a nuestras biomujeres de que sólo ellas estan legitimadas por La Diosa para flagelar a los demás, sean del sexo que sean.
Estamos casi acostumbrados a todo ello. Lo que nos irrita de verdad y acaba a veces con nuestra paciencia, son los turistas. Aún son pocos, y la mayoría vienen de la mano de nuestros propios comerciantes, hartos de malvivir constreñidos por nuestra proverbial tacañería, y la hacendosa habilidad artesanal de nuestras gentes. Llegan atraidos por manuales de autoayuda que proclaman que el uso moderado de algunas de nuestras prácticas cotidianas es remedio infalible para la melancolía de sus vidas vainillas, o por la emoción de presenciar rituales bárbaros de exótica belleza, o han descubierto entre nosotros nuevas formas artísticas que mostrar a sus amigos una vez despojadas de todo vestigio inquietante. Otros se limitan a intentar practicar el turismo sexual, sin inconvenientes fronterizos ni huelgas de controladores aéreos, aunque desisten rápidamente ante lo impenetrable de nuestros códigos de cortejo.
Aparecen en nuestras fiestas y reuniones y nos observan disimuladamente con curiosidad sin separarse demasiado de la protección del guia local, para volver más tarde a su país de origen convertidos en expertos sobre todo aquello que nosotros llevamos siglos intentando comprender.
Los miembros de la tribu que se impacientan y muestran su disgusto, pasan a ser considerados hostiles. Esto inquieta a algunos de nuestros comerciantes, que ven peligrar las espectativas de negocio generadas por el turismo, así que vemos cómo se intenta aislar a los hostiles en malsanas reservas, mientras otros se recluyen ellos mismos en remotos rincones apartados de las montañas con sus perros, sus cerdos, sus ponies y demás animales que en nuestra cultura sirven a nuestro solaz cotidiano.
Es, sin duda, el avance imparable del Progreso, y así lo comprendemos algunos que creemos que, a pesar de todo, es bueno que nuestros comerciantes puedan sobrevivir, aunque la pertenencia de algunos de ellos a la tribu sea más que cuestionable, y que va siendo hora de que el licor de nuestras fiestas deje de parecer salido del carromato de un contrabandista y nos sea servido de forma acorde con la exquisita sofisticación de la que nos gusta presumir. También es reconfortante observar que no es imposible conseguir que nuestras reuniones dejen de parecer La Exaltación de La Morcilla por el color, el corte y lo ajustado de los atuendos de sus participantes, aunque sea gracias a la iniciativa de gentes más interesadas por la moda que por los efectos del árnica sobre la piel de las nalgas. Eso, por no hablar de lo sorprendente que resulta que puedan llegar a considerarle a uno Artista sólo por ser capaz de colgar a alguien del techo sin que nadie salga herido usando procedimientos más o menos establecidos, cosa sin duda gratificante para el ego de cualquiera.
Algunos somos, al fin y al cabo, Dominantes, y por encima de todas las cosas podemos sentir lo que en realidad nos estimula: el olor de la carne fresca. Venga como venga, ya la cocinaremos nosotros… ;)
En fin, bienvenidos sean todos aquellos que lo hagan en son de paz, pero recuerden: somos las Gentes del Látigo y muchos aprendemos a usarlo con dureza y precisión sobre las pieles de los que amamos. Si esperan que seamos siempre inofensivos, lo mejor que pueden hacer es volverse por donde han venido.
Serving with Intent: The Art of Being Present in Submission
Hace 4 semanas

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