domingo, 29 de agosto de 2010

Neopervertidos, sexo con wasabi.

No sé si será porque últimamente me fijo más, pero cada vez me parece encontrarme con más escritos que sostienen la tesis de que BDSM es todo aquello que acuerden las partes interesadas, por supuesto que de manera segura sensata y consensuada (¡ja!). En principio parece un planteamiento sumamente democrático, incluyente y enriquecedor para la vida de la gente. De hecho, permitiría incluir de un plumazo en el mundo BDSM a todos aquellos que sienten oleadas de amor hacia su pareja cuando asan chuletas a la brasa en el mes de agosto a pleno sol mientras su familia política se emborracha alegremente a su costa. Es más, bastaría con vestir al sumiso de látex negro y ponerle una máscara de gas para convertir esto en una modalidad sólo apta para los más aguerridos adeptos al edge play.

Es indudable, y difícilmente discutible, que el concepto de BDSM como etiqueta genérica es un mero cajón de sastre que ha venido a aglutinar un variopinto conjunto de prácticas fetichistas cuyo único común denominador parece ser la existencia, en un momento dado, de al menos un sujeto activo (Top) y de otro pasivo (bottom) y la aparición en principo anómala de algún tipo de placer o excitación de tipo sexual. Creo que es conveniente recalcar lo de “anómala”, y me explico: que sienta un cierto placer sensual cuando la atractiva y encantadora peluquera italiana de ojos verdes con la que coincido a veces en el gimnasio me lava el pelo con agua tibia masajeándome suavemente el cráneo mientras flirtea conmigo no me convierte automáticamente en fetichista de las peluquerías.

Como es natural, pues, se debería suponer que existe alguna clase de fetichismo antes de la etiqueta, y de hecho, esto es lo que venía sucediendo hasta ahora. Uno observaba que sentía una fascinación sexual recurrente por algo por lo que en principio debería sentir aversión y se sentía extraño por ello hasta que un buen día encontraba una forma de integrarlo en una relación con otro. En ése momento el fetiche pasaba a poder ser canalizado en una práctica compartida, pero no por eso dejaba de ser obsesión individual.

A partir de ahí, claro, las etiquetas se convierten en indispensables para poder comunicar esas obsesiones íntimas a los demás de una forma inicialmente inteligible, y al mismo tiempo poder dar una idea aproximada de lo que esperamos de una relación.

Una etiqueta es, en sí mismo, algo convencional, en el sentido de que nace de un acuerdo razonablemente generalizado sobre su significado. Cualquiera debería entender que esto puede ser trivial, o dejar de serlo en función del contexto. Uno puede, por ejemplo, considerarse montañero porque siete fines de semana al año acampa en La Pedriza con su mujer y los niños, y lo más seguro es que eso le convierta en un experto en temas de montaña entre sus amigos y parientes, pero no debería encontrar extraño que no se tomen esas credenciales demasiado en serio si le da por asistir a un congreso de himalayistas, ni ofenderse porque le nieguen una plaza en una expedición al K2.

Mientras uno sea consciente de esto y coherente con el contexto, las etiquetas tienen escasa importancia, y es obvio que lo anterior también se aplica a un himalayista, que en La Pedriza entre excursionistas domingueros puede acabar quedando como un tipo arrogante y perfectamente imbécil a poco que lo olvide.

Ocurre que la sistematización y clasificación de esas etiquetas como definición de prácticas sexuales “alternativas”, que canalicen y satisfagan lo que antes se denominaba con el nombre más inquietante y menos glamouroso de “parafilias”, parece estar llevando a que muchos acudan a la información disponible sobre cómo llevarlas a cabo como si se tratara de un recetario con el que buscar ideas para configurar el menú del sábado sabadete, y han descubierto el exotismo sexual del mismo modo que antes descubrieron el gastronómico, y de paso que el sushi hace buen maridaje con el shibari.

De esta forma, cada vez aparece más gente que transita los caminos de la perversión en sentido inverso, habitualmente de la mano de sus parejas, y con una actitud en muchos casos de “cariño, prueba un poquito de esto a ver qué te parece” o “traigame una ración de aquello pero no le ponga mucho picante”.

No resulta sorprendente que parte de estos neopervertidos provengan del campo swinger y que lo hagan con un interés básicamente lúdico y superficial que anime y dote de mayor contenido sus relaciones más o menos ocasionales. Quiero dejar claro que lo lúdico y superficial en el sexo me parece tan encomiable como llevar a la santa y a los niños los domingos a la Pedriza en vez de quedarse aturdido en el sofá delante de la tele, faltaría más.

En cualquier caso, la propuesta democratizadora y universalizante de incluir en el gremio BDSM a todos aquellos que toman el camino inverso no debería escandalizar demasiado a nadie, y menos a los que ya veníamos de fábrica con perversiones instaladas de serie, porque si hay algo que debería resultarnos deseable es precisamente la universalización de la perversión.

El conflicto se empieza a plantear porque algunas de las etiquetas encierran prácticas que carecen de todo sentido si no existe esa parafilia previa, y que su mera experimentación o escenificación como juego de rol, que puede ser algo lúdico y divertido en el contexto de un sábado sabadete de con la santa y/o los amiguetes, puede parecer ofensiva, irrespetuosa o simplemente ridícula a quienes han llegado a aceptar esos fetiches como un rasgo distintivo e importante de su personalidad sexual y/o afectiva, y tienen todo el derecho a que se respeten esos sentimientos mientras no pretendan limitar a nadie su derecho a divertirse como quiera.

Lo preocupante de esto para mí es que observo con demasiada frecuencia que la respuesta por parte de los autores de modernos recetarios BDSM y gente afín ante este tipo de objeciones consiste en adoptar ellos mismos una actitud represora y restrictiva de todo aquello que intente ir más allá o trascendentalizar las cosas, llegando a caer también en usar la expresión “eso no es BDSM”, para a continuación recomendar al auténtico pervertido la visita urgente a un terapeuta que le cure sus oscuras disfunciones mentales. El colmo.

1 comentario:

  1. Amén. Otra que comulga con esa visión! Estupendo encontrar un poco de lucidez de ideas en la comunidad BDSM de Madrid!

    MariaNa

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