domingo, 14 de noviembre de 2010

Sesiones II: ¿Una ética de la transgresión?

No sé si a estas alturas se me nota, pero me preocupa bastante la ética de la transgresión. Se escribe mucho sobre los límites de quien se somete, del consentimiento, de sus consecuencias, de dónde está la frontera del maltrato físico y/o psicológico…Por muy abiertos que se muestren los participantes en una conversación pública a prácticas más o menos extremas parece que siempre es posible encontrar algo que transforme la cosa en un avispero (probar con “esclavitud financiera”, casi nunca falla)

En mi caso, me interesa bastante la transformación de la personalidad, que es algo que veo por ahí de vez en cuando calificado como inaceptable. Parece que jugar a los médicos con instrumental quirúrgico resulta para muchos menos inquietante que la manipulación psicológica. No seré yo quién se atreva a comparar el sutil placer que despierta que le digan a uno “me ha cambiado Usted totalmente y aún no acabo de entender cómo lo ha hecho” con el sublime placer estético que debe de despertar la contemplación de unos labios vaginales cosidos por uno mismo (¿se corta el hilo con los dientes? ¿cómo de pervertido se siente uno si tiene que usar gafas de cerca?). Hay fetiches para todos los gustos, o más bien, para todos los disgustos, y el que no lo crea que vea cómo va ya la lista que hay en FetLife y la cantidad de gente que se dice atraída por ellos.

Uno de los rasgos más curiosos de la blogosfera BDSM, sobre todo de la del lado más o menos sumiso, es la preeminencia de un halo romántico que viene a contrastar con el menú basado en hematomas rematado por el omnipresente postre lácteo que parece ser la oferta Dominante más común por ahí. Uno no puede dejar de preguntarse a veces cómo es que llegan a acercarse posiciones tan alejadas como éstas. Para colmo, hace poco una Dómina comentaba en su blog que había podido comprobar cómo algunas parejas de Dominante/sumisa llegaban al extremo de dedicarse a prácticas que en realidad no les resultaban excitantes, útiles ni placenteras a ninguno de los dos porque pensaban que era “lo que se hace en el BDSM”.

Así las cosas, y sobre todo después de ver cómo lo de “Sensato, Seguro y Consensuado” tiene más trampas que una peli de Indiana Jones (y encima casi nadie es tan fino con el látigo), da un poco de vértigo pararse a reflexionar sobre la ética de lo que hacemos algunos en la intimidad. Superado a duras penas el requisito del consentimiento informado, queda la responsabilidad de qué hacer con una situación ética que se caracteriza por el hecho paradójico de que la ética, en realidad, ha dejado de existir. Las relaciones BDSM crean un vacío en el que las convenciones sobre el Bien y el Mal que regulan nuestra vida cotidiana dejan de ser aplicables. Tortura, violencia, humillación…escenificamos en privado cosas de las que abominaríamos en cualquier otro contexto y es difícil no preguntarse a veces en mitad de una sesión si el consentimiento de la otra parte basta en realidad para absolvernos de nuestros actos.

A la hora de la verdad, cuando se dejan sueltos todos los demonios interiores a veces aparecen algunos con los que quizá no contábamos, y del mismo modo que pueden caer límites preestablecidos podemos encontrarnos con que aquellas barreras que creíamos superadas en realidad no lo estaban tanto. No creo que sea posible afirmar con rotundidad que todo esto puede convenirse con completa claridad de antemano, o que existen procedimientos infalibles para conducir sin sobresaltos situaciones de alta volatilidad emocional.

Es por esto que me parece que cualquier valoración ética que se quiera hacer desde fuera de ese espacio íntimo por personas que no hayan participado de ése preciso instante, no sólo carece de sentido, sino que pone en peligro la frágil legitimidad de las prácticas del BDSM, porque desde una ética pública es fácil encontrar argumentos para condenar lo que hacemos….que a fin de cuentas es el Mal, ¿no? ;)

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